Trabajo y dinero

De tatuajes, corazones rotos y bolsillos vacíos

Dicen que «uno no mide» cuando tiene el corazón roto…

© Teresa Freitas - (@teresacfreitas) - Photography-001.jpg

 

Me levanté cerca de las 12 del día, todavía con el ron de las siete cubas y del six de cervezas que me había tomado la noche anterior corriéndome por las venas. Creo que escuché «Prayer in C» de Robin Schulz cerca de un centenar de veces la madrugada anterior, cuando tardamos cerca de cuarenta minutos en decirnos lo que sobrios nunca pudimos. Por desgracia, no fue una declaración de amor. Ni cerca. Más bien fue, de su parte, un «Mira, creo que no me siento cómodo con esto», seguido por un «Bueno, entonces es mejor que no nos volvamos a hablar nunca» mío. Silencio de ambos lados de la línea, conversación acabada. Alguien colgó. Quizá fui yo. Acto seguido fui al comedor a reanudar lo que había abandonado por hablar con él, y lo siguiente fue abrir los ojos de una manera muy poco amable, pero apenas lo hice, recordé aquello que me había rondado la cabeza durante meses: volverme a tatuar. ¿Por qué no sería un buen momento, esa mañana en la que todavía traía un chispazo que no me dejaba sentir los estragos de haber bebido en exceso?

Corrí a llamarle al tatuador. Milagrosamente para un estudio en la Condesa, tenía lugar para atenderme un par de horas más tarde.

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Así que fui al baño a borrar los vestigios de la noche anterior y emprendí el camino. Antes, pasé al cajero automático que me quedaba más cerca, saqué la mayor parte de lo poco que me quedaba de la quincena y caminé alegremente (porque la resaca tardaría en llegar unas tres horas todavía) hacia el estudio, en donde, con mucha suficiencia, le pedí al tatuador que me escribiera con tinta: «Donde no puedas amar no te demores». Es una frase de Frida Kahlo que me enamoró al instante de haberla leído unos meses antes. Es un recordatorio para no quedarme donde no me aman, para huir de donde no me desean, y seguir la búsqueda interminable que es la vida.

Los últimos pesos de mi quincena en unos mililitros de tinta negra vertida en mi brazo izquierdo luego de una noche de desamor.

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A mí favor tengo que decir que ya faltaba muy poco para que llegara el final de mes y el pago cayera de nuevo, así que el dolor de vivir con los pocos pesos que me quedaron no duró mucho. Quiero decir que no me arrepiento de lo que me tatué, sino de la manera en la que me lancé al vacío financiero y — aunque terminara no siendo tan grave— por un corazón roto.

La realidad es que las finanzas sanas y los desamores no se llevan.
Ni un poquito. 

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Le conté a una amiga que escribía este texto y coronó la situación con una gran frase: «Uno no mide con el corazón roto». Es grande porque es real. Buscar la gratificación instantánea primero, las consecuencias ya vendrán después.

No puedo hablar de experiencias cercanas a un descalabro financiero catastrófico porque suelo tener buen juicio para eso del dinero. Escribir de finanzas personales es un chicote que te termina volviendo juiciosa para manejarlo. Pero me queda claro qué es intentar llenar un vacío con la cartera. Y no es agradable.

Lo peor es que no sólo no lo es sino que ni siquiera cumple con el que era su objetivo original: ser terapéutico. No lo hace porque al vaciar el bolsillo empeoras la sensación de vacío y soledad que inicialmente intentaste paliar.  Un estudio publicado por el Journal of Consumer Research confirmó esto: Una amenaza psicológica –como un despido o una ruptura– puede provocar que los consumidores deseen, busquen y adquieran productos que simbolicen éxito o logros en el terreno de la amenaza que causó originalmente la compra.

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O sea, terminas una relación amorosa porque te es infiel con alguien más, vas y das el tarjetazo para hacerte la liposucción, levantarte los pómulos y ponerte botox. Buscas compensar esa sensación desgarradora que tienes de que te cambiaron y que te destruye el autoestima, con todo aquello que pueda subírtela. El ejemplo del botox puede sonar muy burdo pero, de forma muy básica, así funcionamos. Sin embargo, aunque este gasto puede funcionar para reparar el daño de alguna manera, esta investigación demostró que puede tener efectos negativos.

Uno de ellos, es hacerte pensar mucho más en el evento traumático de lo que lo harías si no hubieras comprado nada. O sea, te vas a seguir acordando aún más de la ruptura, quizá de un modo más desgarrador. Después de un atracón o de un tarjetazo, viene una cruda moral que hace más profundo el hueco en las entrañas. Lo que es peor, es que, por desgracia, puede volverse un ciclo en el que la tristeza llegue, le precedan las compras de impulso y culmine todo el cuadro con más tristeza y sensación de culpa.

No tengo una solución infalible para evitarlo. Pero lo que sí puedo afirmar es que entre más te observes y aprendas a detectar el vacío y la tristeza, más podrás contrarrestar esas ganas de salir a pincharte con más compras, o más trago, o más cigarro, o más pastillas para no soñar. Al menos así me funciona a mí. Entre más consciente estés de que lo mal que te sientes es lo que te está impulsando a comprar, más podrás hacer para evitarlo. Éste es solo un momento de la vida. Habrá muchos otros mejores. Los ha habido y no tiene por qué no haberlos más. El dolor es sólo hoy un huésped pasajero.

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¿Qué me ha funcionado a mí siempre que me he sentido así? Llorar una y otra vez, hacer ejercicio, rehacer nuevas rutinas, hablarle a amigos que hace mucho no veo para que me lleven a algún lugar que no haya visitado nunca, más que a un lugar caro, a un paseo. Ir al templo budista a meditar de cuando en cuando. Ver películas de terror con mi roomie. Con todo, mi cartera suele lucir más llena.

De un tiempo para acá, desde que me encontré en Netflix un documental que se llama Minimalism: A documentary about the important things, una idea me ha dado vueltas en la cabeza una y otra vez: Realmente podemos vivir con tan poco pero nos esforzamos tanto una y otra vez por llenarnos de objetos de todo tipo, como si éstos fueran a ocupar esos lugares vacíos que por las noches tanto duelen.

En vez de correr al centro comercial a ver qué compras sólo porque hay rebajas y porque eso te está doliendo tanto que apenas te deja respirar; pasa un tiempo a solas escuchando qué es lo que tu corazón desea y cómo puedes en verdad arreglarlo. La soledad es dura y es cruel, pero puede ser la mejor estrategia financiera frente a cualquier ruptura amorosa.

Desde la última desilusión de amor, corté todas las salidas-solo-para-paliar-la-soledad-y-la-tristeza e introduje en mi vida más introspección y más horas en el gimnasio. Fácil no ha estado, pero el dolor es un maestro perfecto. Los resultados han sido abrumadoramente buenos: Mi cartera se ha engordado –en vez de adelgazar– y he dejado ir siete kilos. Nada mal para un nuevo comienzo. ★Mariana F. Maldonado* // Fotos: IG © Teresa Freitas

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* Mariana F. Maldonado es periodista y se especializa desde hace varios años en temas de finanzas personales, emprendimiento y carrera. Estudia a distancia una maestría en creación e incubación de empresas en una universidad en Madrid. Ama los perros y los libros. Tw: @unrabanito Instagram: @missrabanitos

 

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