Cine

La fuerza de la Princesa Carrie

A casi un año de su muerte veremos por última vez a la compleja y maravillosa Carrie Fisher en Star Wars: Episodio VIII - Los últimos Jedi como Leia, papel con el que la recordaremos siempre.

Por Mónica Isabel Pérez

“… Ayúdame, Obi-Wan Kenobi. Eres mi única esperanza…”, pronuncia una hermosa y joven mujer enfundada en un amplio vestido banco. Su pelo castaño acomodado en dos curiosos chongos laterales parecidos a un par de audífonos alcanzan a verse por debajo de la capa también blanca que cubre su cabeza. La imagen es tan hipnótica que Luke Skywalker —protagonista de la historia que aquí se describe— no puede dejar de verla una y otra vez en un ciclo de entrecortadas repeticiones, y es que la mujer no es una mujer sino el holograma de una que, ante el peligro en que se encuentra, ha decidido enviar, por medio de un androide, un mensaje urgente solicitando ayuda. Es la princesa Leia Organa del planeta Alderaan y con su llamado comienza La guerra de las galaxias, la más famosa saga de ciencia ficción que ha mantenido en vilo a millones de fanáticos alrededor del mundo desde 1977. La actriz que interpreta a este seductor personaje es Carrie Fisher, mujer polifacética, magnética, que aquel año no sabía que su papel en esta película —de guión tan poco común que pocos apostaban por su éxito— estaba por convertirla en parte de un fenómeno global capaz de marcar un parteaguas en el género sci-fi y de trascender como un elemento básico de la cultura pop de nuestros tiempos.

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Una imagen indeleble: Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford en una de las escenas de Star Wars IV: A New Hope.

“No hubiera aceptado el papel si hubiera sabido que me iba a dar el mismo estatus de celebridad que tanto daño le hizo a mis padres”, declaró muchas veces en entrevistas. Porque a pesar de lo que pueda parecer a simple vista la fama no es una carga fácil de llevar. Mucho menos cuando va acompañada de un furor como el que provoca Star Wars, cuando se ha crecido en una familia afectada por el exceso de atención mediática y, sobre todo, cuando se padece una enfermedad mental ante los ojos del mundo y nadie parece hacer nada para brindar cuando menos un poco de comprensión.

 

Nacer para ser estrella

Aunque las películas de Star Wars concebidas por el cineasta George Lucas le dieron una imagen icónica, Carrie Fisher era bien conocida desde mucho antes de haber filmado siquiera la primera toma de la saga. Su nacimiento el 21 de octubre de 1956 en Beverly Hills fue todo un suceso ya que fue la primera hija del otrora considerado matrimonio ideal en Estados Unidos: el que conformaban la adorable actriz Debbie Reynolds —inmortalizada en la película Cantando bajo la lluvia— y el cantante Eddie Fisher, galán del momento que tuvo a mal abandonar a su familia un par de años después del nacimiento de Carrie (y sólo uno después del de su hijo menor Todd) por nada más y nada menos que por la actriz Elizabeth Taylor, quien antes de eso había sido amiga de Reynolds. Si primero gozaban de atención mediática por ser la pareja favorita del público, luego lo hicieron por su escandaloso divorcio y más adelante por sus múltiples matrimonios: Debbie se casó dos veces más y Eddie se sumó otras cuatro bodas además de tener una cantidad de affaires tan inmensa que no pudo ni contarlas todas en su autobiografía Been There, Done That publicada en 1999. Sobra decir que ninguno de esos casamientos funcionó realmente…

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Carrie con su madre, la también actriz Debbie Reynolds, en 1958 cuando tenía apenas 23 meses de edad.

Así que por una razón o por otra, Carrie Frances Fisher siempre tuvo un lugar en los tabloides de espectáculos. Cuando el periodista Bill Carlson la entrevistó en 1977 luego del estreno de la primera película de Star Wars y le preguntó cómo le sentaba el estilo de vida de Hollywood ella respondió: “Esto es lo único que he conocido, es normal para mí, no tengo otra perspectiva de la vida, lo común para mí es tener padres cuyo trabajo es maquillarse y sonreír durante tres horas así que estoy acostumbrada a esto”. Y claro, para Carrie la industria del cine no era nada nuevo. Creció, junto con su hermano Todd, en medio de celebridades, jugando en el glamoroso clóset de su elegantísima madre en una mansión del código postal más famoso de California —90210— donde la línea entre la realidad y las películas era tan delgada que muchas veces no sabía donde acababan los personajes que veía en la pantalla y donde comenzaban en verdad a aparecer sus padres. “Mi percepción de la realidad fue formada por Hollywood”, apuntó en su libro Wishful Drinking —basado en su show homónimo— “así que de niña pensaba que los programas de televisión eran reales y que mi vida era falsa. Cuando lo pienso ahora puede ser que no estuviera equivocada”.

Antes de su debut en el mundo del espectáculo, al que llegó de la mano de su madre cuando tenía 15 años —trabajando como corista del musical de Broadway Irene, del que Debbie Reynolds era protagonista— su familia la consideraba un “ratón de biblioteca”. Amaba leer y escribir. Esta última fue una actividad en la que brilló hasta los últimos días de su vida —escribió prosa, poesía, teatro y guiones— pero por la que fue muy poco reconocida debido al cegador fulgor de la Princesa Leia. «George Lucas arruinó mi vida» es algo que decía constantemente en público y luego hacía chistes mordaces al respecto —por que si algo tenía además de carisma, inteligencia y belleza era buen humor—: “George Lucas es el hombre que me convirtió en una muñeca de acción. Una figurita a la que mis exes podrían clavarle alfileres si querían. También me convirtió en una botella de shampoo y en una señora cara de papa […] hay incluso una muñeca sexual en forma de Princesa Leia de modo que si alguien me dice que me joda a mí misma, bueno… sólo tengo que subir la muñeca a mi coche y llevarla a algún hotel”.

 

En una galaxia muy muy lejana

Cuando George Lucas “arruinó” su vida, Carrie tenía sólo 19 años. Ya había trabajando en Broadway y filmado una película: Shampoo, con Warren Beatty y Goldie Hawn. Como se apuntó antes no se trataba de una desconocida para los medios, así que verla ascender a la fama —la individual sobre la familiar— era algo que se esperaba desde el día que nació. Lo que sí resultó inesperado fue que sucediera tan rápido y a tan gran escala puesto que Star Wars no era un proyecto por el que muchos apostaran en aquel entonces. En las entrevistas de aquella época, muy diplomática y moderada, solía decir que el éxito de la película la había tomado por sorpresa y que incluso consideraba prematuro hablar de ello, pero en Wishful Drinking confiesa que quienes formaban parte del proyecto sabían que se trataba de un hit y que el único que no lo creía era el propio Lucas.

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Carrie llegó ahí haciendo una audición en la que compitió con Jodie Foster, Teri Nunn y Amy Irving. Como pasaron varios días sin que tuviera noticias de nada, consideró que no había conseguido el papel. Pero de pronto llegó la llamada. Y con ella los cambios y los desconciertos. Lo primero que le dijeron fue que tenía que bajar de peso: “Yo pesaba unos 48 kilos en ese entonces, pero como 10 se concentraban en mi cara, así que me pidieron que los eliminara porque, para colmo, me habían elegido un peinado extrañísimo que no hacía más que ensanchar mi rostro. Cuando George Lucas me preguntó qué pensaba de esos chongos que eran como roles de canela estaba tan temerosa de que me corriera por ser gorda que le dije que los amaba”. El director también le pidió no usar brassiere bajo su famoso vestido blanco. Cuando preguntó por qué la respuesta de Lucas fue tajante y cuestionable hasta el día de hoy: “Por que no hay ropa interior en el espacio”. Pese a su natural molestia, Carrie acató las reglas y dio vida a uno de los personajes femeninos más memorables de la historia del cine de ciencia ficción. Era una princesa, sí, pero una que hacía estrategias, que no dudaba en tomar un arma si era necesario, que era líder de una rebelión. El peinado que no la convencía en el set se convirtió en un estilo emblemático, miles de veces imitado, al igual que el bikini metálico con el que aparece como esclava en la tercera entrega de esa etapa de la saga Star Wars: Episodio VI-El regreso del Jedi (1983), atuendo que la convirtió en un símbolo sexual generacional y que también inició una potente discusión sobre la cosificación de la mujer.

Mientras todo esto sucedía, Carrie comenzaba a enredarse en una espiral descendente en la que las drogas y el alcohol eran la constante. No sólo porque la fama le imposibilitara salir a la calle en paz o porque su vida familiar continuara en turbulencia, sino porque padecía desorden bipolar sin saberlo. Tenía cambios de humor abruptos que era intensos e incontrolables que afectaban cada vez más su vida y encontró en las adicciones un modo irónico de “control”: “Sentía que las drogas me contenían, que me hacían más normal”, confesó años después.

 

Afortunada en Hollywood, desafortunada en el amor

La vida sentimental de Carrie se volvió con el tiempo tan complicada como la que tuvieron sus padres. Tuvo varias relaciones fugaces que incluyen un apasionado romance con su coprotagonista de Star Wars Harrison Ford —algo que mantuvo oculto hasta el año pasado cuando publicó su libro The Princess Diarist, quizá porque ella tenía 19 años y él 33 además de que estaba casado— y un noviazgo breve con el también actor Dan Aykroyd, quien llegó a proponerle matrimonio en el set de la película The Blues Brothers, en la que trabajaron juntos. Pero sus relaciones más significativas son las que mantuvo con el músico Paul Simon y con el agente Bryan Lourd, con quien tuvo a su hija Billie Lourd, nacida en 1992.

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Carrie con Harrison Ford en una escena de Star Wars V: The Empire Strkes Back.

Con Simon, cantante y compositor del famoso dueto Simon & Garfunkel, tuvo una relación tormentosísima que duró más de 12 años en los que se dejaban y regresaban con tanta constancia que incluso se casaron en 1983, se divorciaron en 1984 y luego siguieron saliendo como si nada hasta que la relación no pudo más, en parte por los abusos de drogas y la enfermedad mental de Carrie, quien aún no había sido diagnosticada. Inspirado en ella Paul Simon escribió un puñado de canciones, pero de entre todas destaca la melódica y nostálgica “Heart & Bones” que fue un gran éxito que consiguió como solista. Una parte de la letra dice “un judío y una medio judía errantes […] hacen conjeturas sobre quién resultó más dañado [en la relación]”. A decir de Fisher el que más sufrió daños resultó ser Simon debido a que ella “parecía ser buen material, pero en el día a día era demasiado lo que había que sobrellevar…”. “¿Por qué no puedes quererme por lo que soy y donde estoy?”, dice la canción en la que él mismo músico responde con pesar: “porque las cosas no son así, cariño. Así es como yo te quiero, así es como yo te quiero”.

Nunca repuesta de esa separación, Carrie volvió a intentarlo de todos modos. Se enamoró unos años después del agente Bryan Lourd y con él todo parecía marchar tan bien que decidieron tener un hijo. Fue así como nació la actriz Billie Catherine Lourd (hoy conocida por las series de televisión Scream Queens y American Horror Story) y Carrie conformó por fin una familia. Lamentablemente la felicidad duró muy poco porque justo al año de nacimiento de Billie, Bryan la abandonó. El patrón era similar al que la actriz había visto en el matrimonio de sus padres con la única diferencia de que Lourd no la había cambiado por una mujer sino por un hombre llamado Scott. Ante eso Carrie quedó devastada al grado en que tuvo que ser internada en un hospital para enfermos mentales. La parte positiva de la historia —porque la hay— es que a partir de eso por fin fue diagnosticada como bipolar y pudo recibir tratamiento.

 

Orgullo maniaco depresivo

A partir del diagnóstico Carrie consideró que su abuso de las drogas y el alcohol había sido, de algún modo, “su forma de automedicarse”, pero cuando le fueron recetados los medicamentos adecuados comenzó a trabajar en el control de sus adicciones. El tratamiento era fuerte: hubo una época en la que cada seis semanas era sometida a electrochoques, lo que le provocó muchos problemas de memoria, pero la ayudó a reconectarse con su familia. “Algunos de mis recuerdos no volverán. Se han perdido junto a esa paralizante sensación de derrota y desesperanza con la que vivía. Así que no fue un precio tan alto el que tuve que pagar. Si lo piensan bien, valió la pena”, escribió en Wishful Drinking. Le causaba cierto confort no saberse sola por lo que le gustaba enlistar a personajes famosos que, como ella, habían recurrido a la terapia de electrochoques: Judy Garland, Ernest Hemingway, Lou Reed, Yves Saint Laurent y la poeta Sylvia Plath, entre otros. Justo como esas figuras Carrie usó su condición para crear obras literarias que merecen tanta o más atención que el peinado de Leia: están sus novelas Postcards From the Edge (1987), Surrender the Pink (1990), Delusions of Grandma (1993) y The Best Awful There Is (2004) y sus obras autobiográficas Wishful Drinking (2008), Shockaholic (2011) y The Princess Diarist (2016). Además actuó y escribió obras de teatro y corrigió cientos de guiones para decenas de escritores y directores de Hollywood sin llevarse nunca el crédito adecuado. “Ni un premio pequeño por escribir”, se llegó a quejar.

Los últimos años de su vida ya no recibió electrochoques porque su terapia se volvió mucho más amigable: tenía un perro de compañía llamado Gary, un bulldog francés que adquirió fama con sus apariciones en eventos y entrevistas —y que hoy está a cargo de Billie Lourd— gracias al cual su estado de ánimo mostró muchas mejoras. Por eso resultó una gran sorpresa que en su autopsia aparecieran rastros de cocaína, opiáceos como heroína y MDMA. Murió —con todos esos factores en su sangre— debido a un ataque cardiaco el 27 de diciembre de 2016, tenía 60 años. Tres días antes había sufrido una emergencia médica a bordo de un avión después de la cual la habían declarado estable.

 

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Carrie junto a su mamá, Debbie Reynolds y su perro, Gary, en una escena del documental que hicieron juntas, Bright Lights: Starring Carrie Fisher and Debbie Reynolds.

Un día después de su fallecimiento murió su madre. A decir de Todd Fisher, las últimas palabras de su madre, Debbie Reynolds, fueron: “Quiero estar con Carrie”. “Y la vi irse lentamente con ella”, declaro Todd, quien en ese momento se encontraba planeando el funeral de su hermana. Al evento llegó vestido de negro cargando una enorme pastilla del famoso antidepresivo Prozac. Era la urna de Carrie, quien había reservado un último chiste para darle humor a su despedida.

 

Una princesa de verdad

Por supuesto su caracterización de Leia la ha convertido en un referente. Con su actuación Carrie Fisher le mostró al mundo una feminidad fuerte y poderosa que la ha llevado a aparecer en decenas de estudios sobre feminismo porque no sólo es una heroína de ficción sino que fue uno de los primeros personajes femeninos de acción con el que una generación entera de mujeres pudieron identificarse. Pero si logró transmitir eso de manera tan clara es porque su propia personalidad era así: quizá no con armas y androides, pero sí con un agudo sentido del humor y una gran desfachatez, Carrie logró convertirse en un estandarte para las personas que padecen bipolaridad o que sufren de adicciones. Fue una mujer que sufrió y triunfó ante los ojos de todo el mundo y en cada uno de los pasos soportó la presión lo mejor que pudo. Cuando cayó, porque estuvo a punto de rendirse muchas veces, no lo negó, sino que se levantó y siguió. Carrie Fisher fue divertida, alocada e inteligente; abrió paso a nuevas formas de ver a las mujeres en la industria del entretenimiento. Fue la líder de una rebelión anti estereotipos que por fortuna trascendió las fantásticas barreras de las películas intergalácticas.

* Este texto se publicó en la revista Vanidades; diciembre 2017.

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