Viajes

Los días en Florencia

¿Tienes solo 24 horas y no sabes qué hacer en la Cuna del Renacimiento? Aquí unas cuantas ideas.

Texto: Fabiola Meza | Fotos: Mónica Isabel Pérez

“Tal vez esto no fue una buena idea”, pensé mientras me levantaba con todo y maletas del suelo con lo que —a juzgar por el dolor— era un esguince de tercer grado.

A medianoche, con los comercios ya cerrados y sin internet para googlear “farmacia” en italiano, la idea de aventurarme un semestre a Florencia me parecía cada vez más ridícula.

Aunque mi primera noche fue desastrosa y tomarle cariño a esas calles empedradas me llevó tiempo, cada día me sentía más fascinada por la ciudad y su gente. El joie de vivre francés no tiene nada que pedirle a Italia, donde los lunes comienzan hasta el mediodía, las personas caminan igual por la calle que en la banqueta y, si le caes bien al dueño de un negocio, lo cerrará sin importar la hora sólo por el gusto de salir a tomarse un café y conversar contigo.

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La cadencia de Florencia te envuelve, te hace tomarte tu tiempo para todo, te anima a disfrutar y a aventurarte hacia lo desconocido como si no tuvieras otra cosa qué hacer en la vida, aunque la verdad es que hay mucho qué hacer, porque un día perfecto en Florencia necesita más —mucho más— que 24 horas.

Pronto encontré mis puntos favoritos, entendí que el café se bebe en el bar, y que es una ofensa pedir un americano. Lo único correcto es  ordenar “un caffè, per favore” y aceptar la taza de expreso que te pondrán enfrente.

Aprendí que caminar es importante porque te abre el apetito, y en Italia todas las horas son buenas para comer. Podría describir a detalle cómo se me salieron las lágrimas la primera vez que pusieron frente a mí una pizza burbujeante de mozarella, pero no me creerían.

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Lo que sí puedo asegurar es que la comida es una cultura y cada local decide cómo servirla sin aceptar cambios. Mi lugar de paninis favorito, All’Antico Vinaio, tenía siempre una fila que le daba vuelta a la cuadra y chicos en el mostrador que fingían escuchar el italiano cortado con que les explicaba el sándwich que quería solo para servirme algo completamente distinto que; sin embargo, era —todas y cada una de las veces— el mejor bocadillo que había probado en mi vida.

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Foto: Taste the World

 

También aprendí que tu preferencia de gelato es tan importante como tu opinión política, y mis amigos italianos aprobaban mi indecisión entre Edoardo —con sus conos hechos al momento— y el affogato de Vivoli, reverenciado en toda Italia.

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Aunque encerrarte en un edificio por horas podría parecer un pecado, no hay manera de escapar de la seducción de los cientos de museos que encontrarás en la ciudad, tanto que El David se vuelve pequeño entre las obras de Caravaggio, Botticelli, Giotto, Modigliani y más que saturan tu cabeza de belleza como nunca creíste posible imaginar. Además del arte clásico las sonrisas son constantes gracias a las calles pintadas por los artistas callejeros que intervienen la ciudad con humor.

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Si aún te queda fuerza en los pies, después de deambular por kilómetros, debes dedicar un tiempo a la caza del mejor lugar para tomar el aperitivo: la increíble costumbre italiana de abrir las puertas de sus restaurantes hacia la calle en cuanto cae la noche y que, por una copa de vino, ofrece una extensa selección de comida. A esa hora la gente no tiene reparo en invitarte a compartir un cigarro y platicar sin importar las barreras del idioma.

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Florencia tiene una extraña obsesión con los ritmos latinos. Siendo una mexicana que no puede diferenciar una cumbia de una bachata, me resultaba sorprendente la cantidad de bares que encontré donde bandas de cubanos, argentinos y demás latinos tocaban toda la noche enseñando a Europa que todos tenemos algo de cadencia en las venas.

Las madrugadas lastiman porque siempre llega el momento de regresar a casa, de caminar rodeado de los amigos que hiciste esa noche, mientras poco a poco todos se desperdigan por las calles en diferentes direcciones. De girar la llave de la puerta y acostumbrarte al silencio, tirarte a la cama con luces y voces y arte y comida girando sin cesar en tu cabeza. De despedirte de Florencia por unas horas de descanso, aunque secretamente ya estés saboreando el café del día siguiente. ★

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