Arte Opinión Relaciones

Una copa de vino blanco por todo lo que pudimos ser pero nunca fuimos

«... como te conté el día en que cenamos por primera vez, yo me voy a España en un par de meses y no quisiera que te involucrases de más».

Texto: Mino Tamura * | Fotos: Ad Infinitum; Nádia Maria **

Tengo que hablar sobre el día en el que, llevando en medio del pecho un cuenco sin sustancia ni forma, me incliné hacia el remanso de navegar en un mundo sin ilusiones. Fue un día en el que, por decirlo de alguna forma, el corazón se me congeló.

No fue voluntario. Fue algo que simplemente sucedió sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo. Ese momento en el que el centro del pecho se me convirtió en un recipiente vacío fue un momento desolador, un instante en el que el corazón se me apretujó por todo aquello que pudimos ser pero nunca fuimos. En el que sentí en el pecho y en la boca del estómago un hueco profundo, una punzada que si se hubiera prolongado un poco más me hubiera provocado el vómito.

Fue esa misma punzada la que como corriente eléctrica invadió todos los circuitos y comenzó a enfriar mi corazón de manera inevitable.

No me enorgullece hablar de ello porque estoy convencida de que la vida merece vivirla con ganas; porque a pesar de todo sigo creyendo que el encuentro con el otro vale equivocarse una y otra vez, con la alegría de morirse jodido pero con una sonrisa.

Tampoco me hace sentir orgullosa haber dejado solo a un hombre con los codos sobre el regazo mientras sus lágrimas y mocos goteaban y caían haciendo lamparones en su pantalón caqui. Solo y con las ilusiones rotas. Pero la vida está llena de hazañas de las que no nos sentimos orgullosos. La vida es una colección de momentos que a la hora de dejar este mundo, se nos presentan como un conjunto de negativos que corren a gran velocidad, o al menos eso es lo que me gusta pensar a la hora de sopesar cada instante que paso con los pies en este mundo.

La historia empieza cuando conocí a un escritor que me tuvo varios meses enganchada a su forma de hacer el amor y a la paz tan dulce que yo sentía cada vez que llegaba a su casa.

La dinámica consistía en cosas sencillas. Él me recibía con una comida o cena, con una sonrisa y una copa de vino en la mano. Bastaba su sonrisa, sentir que había hecho algo solo para mí y una copa de vino blanco en la mano para hacerme feliz. El vino era blanco porque bien sabía que el tinto me provocaba náuseas. A él le gustaba más el rojo pero siempre cedía en afán conciliador.

Él conocía eso porque se lo había dicho sin más. Con él no me esforzaba en cada plática por agradarlo porque no intentaba que él me conociera ni que se prendara de mí. No me esforzaba para que él me amara porque pensaba que la capacidad de amarme de las personas estaba por el momento agotada.

Yo simplemente hablaba sin parar y él, si algo sabía hacer bien, era escuchar. Creo que escribir puede darte esas cualidades, y él las supo desarrollar bien no solo para escribir las novelas que ya había escrito, sino a la hora de enfrentarse a una mujer, mucho más si tenía 21 años más que ella.

La dinámica era simple. Yo llegaba de la calle a tenderme en la cama o en su sillón blanco, a hablar. Después cenábamos algo sencillo y hacíamos el amor. No necesitaba más.

Su departamento era un remanso y me recibía sin ninguna objeción. Era un momento en el que la luz que atravesaba por esos enormes ventanales se quedaba inmóvil, mientras virutas de polvo flotaban entre los rayos y caían en cámara lenta, y en el que cada viruta, cada rayo de luz que entró a ese apartamento viejo de la colonia Condesa, quedó impreso en mi memoria como un recuerdo que todavía permanece fresco.

Yo iba varias veces por semana a visitarlo. Recién había terminado una relación con un hombre, al igual que él, mayor que yo. No era un clavo para sacar otro clavo; para mí era una oportunidad para estar por fin tranquila, porque las peleas con azotones de puerta habían terminado. Porque las visitas en la mañana de aquel hombre completamente borracho, se habían también acabado.

Lo siguiente fue encontrarlo a él en una fiesta en la que yo estaba encargada de la organización y él presentaba uno de sus libros. Yo acababa salir de la universidad y era mi primer trabajo remunerado. Después de conocernos, él se me apareció en varias fiestas de la galería en la que yo trabajaba, con el pretexto de haber sido invitado por el autor que presentaba esa noche. Varias veces me invitó a cenar hasta que en una acepté y terminamos en su apartamento.

Ahí, yo respiraba tranquila apenas pisaba esa duela que rechinaba a cada paso que  daba. Esa tranquilidad venía del simple hecho de poder ser yo sin reservas, sin reproches. Algo que se juzga tan sencillo pero que es muy complejo cuando tienes 21 años y miedo no solo de mostrarte, sino simplemente de ser tú mismo sin que el otro te juzgue muy vulnerable y se ría a tus costillas. Entendería años después que eso, por desgracia, siempre pasa, al menos una vez.

Así que para mí con tan solo entrar en ese lugar existía una sensación tibia. Unos rayos de sol, una cama blanca, una habitación con lo mínimo indispensable. Un abrazo de bienvenida que se extendía hasta el infinito. Unas mañanas de domingo en la que despertábamos ya con el día avanzado y con muchas ganas de hacer el amor.

Uno de esos días transcurrió en consecuencia, hasta que quedamos rendidos, abrazados, mirando al techo.

Pasaron varios minutos para que hablara. La habitación nos devolvía el silencio. De pronto, su voz sonó como salida de una cueva.

–Estás bien como estamos hasta ahora, ¿verdad? –Me preguntó.

–Ummm… supongo que sí, ¿A qué te refieres? –Le pregunté.

–A que como te conté el día en que cenamos por primera vez, yo me voy a España en un par de meses y no quisiera que te involucrases de más.

Involucrases de más.

Involucrases de más. La conjugación del subjuntivo imperfecto no dejaba duda de que sí había vivido en España durante un largo tiempo y que tendría ganas de volver. Después de esto no me tengo que involucrar de más. Subjuntivo imperfecto. Así es el tiempo, así es su tiempo. Tan imperfecto, tan ajeno y lejano al mío.

Empecé a pensar todas estas cosas mientras la frase retumbaba en mi cabeza durante varios segundos. Quizá la distancia entre mis 21 años y sus 42 se hizo más profunda y más pedregosa. De cualquier forma, el tiempo es tan relativo.

Por su parte, él se excusó sobre su partida como quien se disculpa por sonarse la nariz en medio de una cena de trabajo.

Me levanté al baño, me vi en el espejo del lavabo. Mi rostro era el mismo de hacía una hora que me había vuelto a ver reflejada. No quisiera que te involucrases de más.

Regresé a la cama y me tendí de nuevo mirando al techo. Mi corazón empezó a acoger ese vértigo; esa punzada que minutos antes se convertía en un dolor sordo, ahora amainaba y se instalaba volviéndose poco a poco imperceptible.

Respiré profundo y le dije que no se preocupara. Que estaba bien con lo que hasta ahora teníamos.

Al menos me sentía a salvo porque ese departamento no me había expulsado y porque me seguía acogiendo sin más o menos ninguna consigna, más que la de no involucrarme de más. Hasta ahora, no lo había hecho nunca. Esta era mi primera prueba.

A partir de ahí ese departamento se afianzó aún más en mi interior como un refugio y el escritor se convirtió en un instrumento que me llevaba a la tranquilidad de saber que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo.

Salíamos los viernes al cine. Yo sonreía, lo tomaba de la mano; cuando íbamos con amigos lo abrazaba y tomaba el papel de aquella novia que le acomoda el cabello detrás de la oreja, se ríe con los amigos de la infancia de él y se ofrece a alcanzarle el suéter cuando está enfermo.

Pero mi mente estaba en otra parte, como en en una cárcel o en una habitación sin ventanas. Intuyo él lo adivinaba y no quería enfrentarse a ello. Hasta entonces lo tomaba con humor, me preguntaba cuando despertábamos, «¿Cómo está mi Tempanito lindo?», y reía fuerte. Témpano. Le había dado por apodarme “Témpano” porque decía, era fría como el hielo. Yo solo lo miraba y sonreía sin decir nada. Aún así pasábamos una gran parte del tiempo juntos y dormíamos la mayoría de la semana en la misma cama, abrazados la mayor parte de la noche.

Así transcurrieron los meses que le quedaban para irse a España. El tiempo es tan relativo. De pronto nada más le quedaba una semana y media para tomar ese vuelo que lo llevaría a un pueblito del País Vasco a una estancia de escritores, en donde escribiría su última novela durante un año, gracias a una beca que había ganado.

No me comprometí a acompañarlo al aeropuerto, pero quedamos para cenar en el departamento una última vez. Ese día no me recibió con la misma sonrisa de siempre. Sí con una botella de vino y una cálida cena, con velas por toda la estancia y la habitación. No hice mayor comentario pero las cosas comenzaban a verse envueltas en sombras.

Cenamos, conversamos, lavamos los platos como siempre. Él reía menos que de costumbre. Lo dejé terminando los últimos trastes en la cocina y me senté en el sillón de la sala. Era un sillón muy sencillo, pero a mí me asombraba lo blanco que podía conservarlo. Al lado, un librero modesto con un centenar de títulos en perfecto estado todavía sin empacar.

Apenas me di cuenta cuando ya estaba parado enfrente de mí. Me lanzó una de las sonrisas más tristes que he visto en mi vida. Se me sentó de frente, sobre el regazo, con las piernas abiertas, me clavó la mirada, y nos empezamos a besar. Todo sucedió muy rápido pero para mí fueron unos segundos largos, en los que la tibieza de su presencia comenzó a sofocarme rápidamente. No me di cuenta cuándo fue el momento exacto en el que comenzó a llorar. Su llanto era silencioso pero con ritmo. Me caía sobre las mejillas y resbalaba.

Eran tantas las lágrimas que parecía que los dos llorábamos acompasados, pero no era así. Porque yo no lloraba.

Me propuso cancelar el viaje. Propuso también que me fuera con él. Su llanto seguía resbalando por sus mejillas. Yo ya había logrado que se quitara de encima y me había sentado a su lado. Para entonces el calor me subía por las mejillas y me escurría en las axilas. Sin haberlo planeado, estaba en un lugar en el que no quiero volver a estar nunca, porque ahí fue por primera vez cuando entendí esa frase venida a lugar común, a la que siempre le he dado la vuelta por considerarla demasiado cruel e injusta: Que la venganza es un plato que se come frío.

Entonces recordé esa mirada mía que se reflejaba en el espejo del baño ese día en el que mi interior se compactó en un cueńco sin sustancia ni forma. Todo lo veo como una película que se va a negros poco antes de que yo caiga dormida.

Él no decía nada. Su silencio envolvía todo y me regresaba mi propia voz. Tenía la cabeza entre las manos mientras sus fluidos salpicaban su pantalón caqui y su sillón blanco.

El cuenco vacío que traía clavado en el pecho comenzó a llenarse con una sustancia viscosa y oscura.

Cuando recreo ese momento en mi mente, no siento absolutamente nada. Como cuando estás enfrente de la televisión zapeando y buscando algo que te entretenga mientras llega la hora de partir a comer con tus amigos. De pensarlo hoy siento que me dará escalofríos en cualquier momento, pero no me dan.

Muchas veces se está en el momento y en el lugar incorrecto. Yo estuve en ese momento previo a su partida, sin responsabilidad alguna porque él me había eximido de ello desde el inicio. Me levanté del sillón blanco, me bebí lo que quedaba del vino blanco en mi copa y salí de su departamento sin decir una palabra más.

Meses después, recibí varias cartas escritas a mano con remitente en el País Vasco, pero no las abrí y me limité a dejarlas abandonadas en mi buzón, esperando a que alguno de mis compañeros de casa las rescatara.

De cualquier manera, a mis 21 años, nunca había escrito ninguna a carta a mano, mucho menos había respondido ninguna y pensaba que en absoluto, era momento para empezar. ★

 


* Mino Tamura es periodista financiera, pero escribe historias de amor en www.yoenelamr.com
** Nádia Maria (Brasil, 1984) es fotógrafa. Su trabajo es «un viaje personal a través de los sentimientos y transformaciones que ha experimentado a lo largo de su vida». Trabaja desde Sao Paulo. cargocollective.com/nadiamaria

*  Este texto se publicó originalmente en www.yoenelamr.com *

0 comments on “Una copa de vino blanco por todo lo que pudimos ser pero nunca fuimos

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: